Científicos analizaron los beneficios ambientales de diez de las principales áreas metropolitanas del mundo, entre ellas Ciudad de México y Los Ángeles.

En una metrópolis las grúas y los rascacielos no son los únicos elementos que deberían crecer hacia el cielo. Las megaciudades —aquellos centros urbanos atestados de más de diez millones de personas— se beneficiarían enormemente al incrementar la cantidad de árboles, según indica un nuevo artículo en la revista académica Ecological Modeling.

Un equipo de investigadores encabezado por Theodore Endreny de la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) buscó cuantificar cómo la infraestructura verde paga dividendos en diez ciudades. A su vez, midió el potencial efecto si aumentara la cantidad de árboles en esas localidades.

Para calcular la cubierta arbórea en Pekín, Buenos Aires, El Cairo, Estambul, Londres, Los Ángeles, Ciudad de México, Moscú, Bombay y Tokio, los investigadores adaptaron al modelo i-Tree, el cual fue desarrollado por el Servicio Forestal de EEUU en 2006. i-Tree emplea fotografía aérea para medir el valor monetario y los beneficios ambientales de las cubiertas arbóreas. Hasta la fecha, sólo se ha usado para fotografiar una vista aérea de la cubierta a lo largo de ciudades estadounidenses (análisis pasados se han centrado en las cubiertas arbóreas de Los Ángeles y Austin).

Para poder asumir un punto de vista más global, los investigadores pasaron varios meses realizando cálculos para Londres para obtener estimaciones de las contribuciones de los árboles en cuanto a la remoción de la contaminación ambiental, la absorción de aguas pluviales, la energía no consumida y el carbono captado por la vegetación. Para cada lugar, los investigadores midieron 500 puntos seleccionados aleatoriamente y los caracterizaron según su potencial para ofrecer beneficios de los árboles. Cada terreno fue categorizado como cubierta arbórea existente, cubierta potencial —lo cual incluyó lugares que actualmente son estacionamientos, plazas o aceras— o bien como superficies que no se prestaban para sembrar árboles.

Es probable que no sea ninguna sorpresa que la cubierta arbórea general en estas ciudades bulliciosas sea sólo una pequeña parte del promedio global: unos 39 metros cuadrados por cápita en comparación con el promedio mundial de 7,800. Además , la densidad de la cubierta verde varía ampliamente entre las megaciudades. En El Cairo, sólo un 8.1% de la tierra está cubierta de árboles; en Moscú, la cifra es de un 36% (entre las megaciudades, el promedio fue un 20% de tierra cubierta por árboles). Entre estas urbes, Tokio tiene la mayor cantidad de cubierta arbórea por persona.

Muchos de los efectos beneficiosos de los árboles son generales y constantes. Por ejemplo, ayudan a mitigar el efecto de ‘isla de calor’ (el aumento de temperatura que sucede en las ciudades por la gran cantidad de cemento reunida) y frenan la contaminación. Pero los beneficios específicos esparcidos por los arboles varían de un lugar a otro. Según el modelo de los investigadores, El Cairo —el cual tienen poca precipitación en primer lugar— no cosechó ningún beneficio significativo en cuanto a la descontaminación de las aguas pluviales, por ejemplo. De mismo modo, Bombay —la cual tiene menores gastos energéticos en comparación con las otras megaciudades— no obtuvo muchos beneficios en ese aspecto. Mientras tanto, debido a su extendida temporada de crecimiento vegetal, Los Ángeles obtuvo el mayor beneficio en cuanto a la captación del carbono.

A lo largo de las diez megaciudades estudiadas, los investigadores calcularon un beneficio anual medio de 505 millones de dólares para cada una de estas urbes, lo cual incluye:

  • 482 millones de dólares al año en contaminación ambiental reducida (predominantemente de material particulado más pequeño, el cual es un derivado de motores diésel y de combustión).
  • Un beneficio de 11 millones de dólares anuales mediante una descontaminación mejorada de las aguas pluviales.
  • Medio millón de dólares ahorrado en costos de calefacción y enfriamiento.
  • 8 millones de dólares en captación de dióxido de carbono o CO2.

Por supuesto, estas simplemente son estimaciones, pero los investigadores argumentan que son una alternativa atractiva a recopilar datos directamente de las ciudades, lo cual sería costoso y llevaría mucho tiempo. Si bien el modelo escalable elimina el tedioso trabajo burocrático, los investigadores también reconocen los defectos de este enfoque. Por ejemplo, los datos no toman en cuenta las diferencias a lo largo de ecosistemas, tales como las temporadas variadas o especies y contaminantes encontrados en un sitio particular.

Los investigadores concluyen que los beneficios de la infraestructura verde se relacionan estrechamente con la densidad, lo cual quiere decir que las megaciudades tienen mucho que ganar. Endreny y sus colaboradores les recomiendan a los líderes de ciudades que expandan sus cubiertas arbóreas. Los investigadores encontraron que las diez ciudades tenían una cubierta arbórea media de 611 kilómetros cuadrados y una cubierta arbórea adicional potencial de 455 kilómetros cuadrados. Endreny y los investigadores argumentan que sembrar árboles en donde ahora están los estacionamientos y las otras superficies disponibles casi podría duplicar los beneficios que estos residentes frondosos existentes ya brindan.

Ahora bien, cuando se trata de implementar las iniciativas ecológicas, muchas veces entre el dicho y el hecho hay mucho trecho. Las áreas que están cortas de espacio quizás luchen con las dudas sobre la mejor utilización de cada pie cuadrado. Pero, según dice Endreny, la infraestructura arbórea no tiene que ser implementada a expensas de otros proyectos. Se podrían aglomerar los árboles en plazas para peatones o podrían ubicarse al lado de las aceras.

Además, proyectos en el pasado han demostrado que incluso dentro de una ciudad que haya brotado iniciativas verdes, las arboledas son más escasas en algunos vecindarios en comparación con otros, lo cual significa que los residentes no obtienen beneficios iguales. Para maximizar los beneficios de una cubierta urbana robusta, “las ciudades necesitarán participación parecida a las sociedades público-privadas y el apoyo de los ciudadanos, además de innovaciones de los planificadores urbanos, los ingenieros ambientales y los arquitectos de paisajes a medida que redoblan sus esfuerzos por incrementar el alcance y la salud del bosque urbano”, dice Endreny. Sin embargo, aun si estos participantes variados comparten una visión comuna, toma un tiempo para que los beneficios máximos echen raíces. Endreny agrega que los beneficios de los árboles son proporcionales con su tamaño, el área de sus hojas y el tiempo que dura la temporada de crecimiento. Esto significa que los retoños —si bien son más económicos para sembrar y críticos para asegurar ‘futuras generaciones de árboles’— no llegan a tener el impacto ambiental de los arboles más maduros.

Colgar una etiqueta con el precio de la rama de un árbol no resolverá inmediatamente los debates sobre las mejores formas de combinar la densidad con las iniciativas verdes. Sin embargo, cuantificar los ahorros ecológicos y financieros que promete la cubierta arbórea urbana podría ser un paso fundamental hacia logar que las megaciudades estén atestadas tanto de edificios como de troncos de árboles.